Nuestra historia

Hay habilidades que marcan la diferencia. Por eso existe Magnanibots.

La diferencia casi nunca estaba en la inteligencia. Estaba en haber tenido, antes de la adultez, espacio para explorar, equivocarse y volver a intentar.

Estudiantes de primer año de una universidad en Estados Unidos frente a una escultura del campus

Durante años trabajé con niños y jóvenes en contextos muy distintos: una Casa dei Bambini Montessori, una escuela clásica, una ONG con adolescentes y un programa de una universidad en Estados Unidos que acompañaba a estudiantes de primer año en su transición a la vida universitaria.

Fue allí donde empecé a notar un patrón.

Los estudiantes que enfrentaban los desafíos con mayor seguridad casi siempre tenían algo en común. Habían crecido en entornos donde podían explorar, equivocarse y volver a intentarlo. Cuando algo no funcionaba, no concluían que no podían. Probaban otra estrategia, hacían una pregunta, ajustaban y seguían.

Otros estudiantes, igual de capaces, recorrían el mismo camino con mucha más dificultad. No porque les faltara talento, sino porque nunca habían tenido suficientes oportunidades para desarrollar ese hábito.

La psicología llama a esa confianza autoeficacia: la convicción de que uno puede enfrentar un problema y encontrar la manera de resolverlo. No nace de los elogios ni de la teoría. Se construye superando desafíos reales por esfuerzo propio.

Aquellos estudiantes no desarrollaron esa confianza en la universidad. Llegaron con ella.

Fue entonces cuando entendí que las habilidades que más admiramos en los adultos empiezan a formarse muchos años antes: la autonomía, la perseverancia, la colaboración y la capacidad de resolver problemas no aparecen de repente. Se entrenan desde la infancia, experiencia tras experiencia.

Con esa idea nació Magnanibots.

María Montessori lo describió hace más de un siglo: el niño aprende con mayor profundidad cuando descubre y corrige sus propios errores, sin que un adulto tenga que señalárselos. Lo llamó el control del error, y es el principio con el que me formé como maestra.

La robótica ofrece precisamente ese tipo de aprendizaje. Donde Montessori puso el control del error en el material, la robótica lo pone en el robot: un robot primero se construye y luego se programa, y si algo falla, el error puede estar en cualquiera de los dos. Tal vez una pieza quedó mal ubicada. Tal vez una instrucción no era la correcta. Encontrar la causa, hacer ajustes y comprobar si funcionan deja de ser un obstáculo para convertirse en el aprendizaje mismo.

Mientras construyen, programan y corrigen, los niños ponen en práctica conocimientos de matemáticas, ciencias y lenguaje sin separarlos en materias. Miden, comparan, describen, prueban y vuelven a intentar. Y algo que observo año tras año ocurre de manera natural: el interés no desaparece. Cada desafío despierta una nueva pregunta y cada respuesta conduce a otra posibilidad. Así comienza el pensamiento innovador.

Pero una experiencia aislada no basta.

Las habilidades se desarrollan con práctica constante. Por eso Magnanibots no es un taller ocasional, sino un recorrido continuo diseñado para que cada etapa prepare la siguiente.

Los más pequeños comienzan sin pantallas, desarrollando la lógica antes que la sintaxis. Después construyen y programan sus propios robots, incorporan conceptos de inteligencia artificial y, finalmente, enfrentan proyectos abiertos donde reciben un problema, pero deben imaginar la solución. Todo ocurre en un entorno bilingüe, donde el inglés deja de ser una asignatura para convertirse en la herramienta con la que aprenden.

En cualquier nivel, el proceso es el mismo.

El estudiante imagina una solución, la pone a prueba y el resultado ofrece una respuesta inmediata. Si el robot no llega al destino, el mecanismo no funciona o el modelo se equivoca, el error es evidente. Entonces observa, analiza, ajusta y vuelve a intentarlo.

Mi papel nunca ha sido resolver el problema por ellos. Es acompañarlos para que aprendan a resolverlo por sí mismos.

Mientras aprenden robótica, desarrollan algo mucho más valioso. Aprenden a hacerse cargo de su trabajo, a perseverar cuando algo no sale a la primera, a colaborar cuando necesitan ayuda y a encontrar soluciones frente a problemas nuevos.

Recuerdo a Emanuel, que llegó a su primera clase con seis años. Su primer desafío no salió como esperaba. Me pidió ayuda. Lo acompañé, pero no resolví el problema por él. Lo intentó otra vez. Y otra. Hasta que finalmente lo consiguió. Al terminar el programa sonrió y me dijo que estaba listo para el siguiente nivel.

No solo había aprendido a programar un robot. Había descubierto que podía enfrentarse a un problema difícil y resolverlo.

Eso es Magnanibots.

No buscamos formar programadores de cinco años. Buscamos formar niños que aprendan a pensar, perseverar y resolver problemas, cualquiera que sea el camino que elijan en el futuro.

Porque la programación puede olvidarse. La experiencia de haber enfrentado un desafío y haber descubierto «sí puedo» permanece mucho más tiempo.

Esa es la habilidad que queremos ayudar a construir.

Y por eso existe Magnanibots.

Margarita Oliveros
Directora Académica Magnanibots
MEd Bilingual Education · Texas A&M University Certified Educator · Carnegie Mellon Robotics Academy
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La primera clase nos permite conocer a tu hijo, y a ti conocer el método. Grupos de máximo cinco estudiantes, en Buenavista, Barranquilla.

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